Los primeros recuerdos del Día de Muertos que tengo son más escolares que tradicionales. Con el afán de mostrar una alternativa al popular Halloween (que, en todas las escuelas en las que estuve, se tachaba de satánico y, peor aún, extranjero) la escuela organizaba, siempre de manera institucional y con aire burocrático, actividades en torno al día de muertos (que calificaban de auténtico y, sobre todo, “propio”). Hacer el altar del salón, investigar las características de los altares, comprar papel picado para llevarlo como tarea. Los rituales clásicos de la educación burocratizada. Pero lo que verdaderamente se celebraba entre los estudiantes era el Halloween, sobre todo porque, honestamente, crecimos anhelando más las formas y tradiciones de Estados Unidos que las locales. Y también porque era la excusa perfecta para el exceso a través de disfraces, bromas y dulces.

Ante el desencanto del tótem extranjero (y, tal vez, ante una crisis de identidad cultural) esta inercia está cambiando. O, tal vez, se ha debido a la pena que nos ha dado que los extranjeros aprecien más el Día de Muertos que nosotros mismos. Ejemplos sobran, pero el más evidente es el del desfile de Día de Muertos, una tradición que no nació del pasado, ni de nuestro presente, sino del extranjero. Si James Bond aprecia tanto el Día de Muertos como para inventarse un desfile en su mundo, debe ser porque el Día de Muertos es algo interesante. Habrá que integrarlo. James Bond tiene mejor gusto que nosotros.

Con Coco, la nueva película de Pixar, se presenta una situación de obligada reflexión sobre el tema. No es la primera vez que se lanza una cinta con las características que presenta Coco. En 2014 El Libro de la Vida (que tuvo como uno de sus productores a Guillermo del Toro) pretendió cautivar a las audiencias a través de la construcción de un mundo mágico basado en la idea del Día de Muertos y, en menor medida, en la cultura mexicana. La primera diferencia obvia con Coco es su viralización. No es ningún secreto que Coco es ya un éxito con todo y que sólo se ha estrenado en México. Y es un éxito merecido: Coco no sólo tiene una historia entrañable con personajes bien construidos, sino que también expone una representación de la vida diaria tradicional de México que se siente auténtica. La mayoría de las películas internacionales que pretenden representar a México caen en el mismo error: confundir lo español con lo mexicano. Desde las caricaturas de Speedy González hasta El Libro de la Vida mezclan lo michoacano con lo andaluz, las tejas californianas con la ropa de manta, el sombrero cordobés con el mariachi. Ese no es un error en el que caiga Coco. Cualquiera que haya ido a un pueblo mexicano (sea mágico o muggle) agradecerá en Coco la atención al detalle, la pintura blanca y roja en las paredes, los patios típicos y hasta los chanclazos. El triunfo mayor es, sin lugar a duda, el diseño de la misma Coco: es la imagen familiar y querida de la anciana típica del ambiente rural mexicano.

Lo que El Libro de la Vida y Coco sí comparten son los principios sobre los que construyen su mitología. Para ambas cintas los muertos habitan un mundo festivo y lleno de color. Sin embargo, su permanencia en ese reino está condicionado por el hecho de que sean recordados. De ahí que el ritual de la ofrenda de Día de Muertos sea tan importante: es este acto de recordar el que “alimenta” a los muertos y les permite la vida después de la vida. En El Libro de la Vida esta legislación mortuoria se presenta de manera explícita: quienes no son recordados son enviados a la tierra de los olvidados. Por su parte, en Coco los olvidados desaparecen del mundo de los muertos cuando ya nadie los recuerda. Lo que guía la trama de ambas cintas es, precisamente, esta idea: la de la muerte después de la muerte.

Para los aztecas y los mayas las ofrendas a los muertos son necesarias ya que el alma sigue requiriendo de alimento después de que el cuerpo físico muere. Son estas ofrendas las que le ayudan al muerto a transitar a través de los diferentes reinos de la muerte. Estas ofrendas se realizaban durante varios periodos del año. La conmemoración de los antepasados en el mundo prehispánico que derivó en lo que hoy conocemos como Día de Muertos es la que ocurre en noviembre junto a la celebración de la cosecha, cuando se cree que los antepasados regresan al mundo de los vivos para alimentarse y celebrar con la familia.

La práctica de alimentar a los muertos no es exclusiva de México. La tradición hindú contempla la alimentación de ancestros durante el periodo de Pitru-Paksha que comienza en octubre. Según los Vedas, las personas nacen con tres deudas: hacia Dios, hacia los sabios y hacia los ancestros. La ofrenda de alimento a los ancestros es necesaria pues, al morir, las personas habitan el reino conocido como Pitru-loka por tres generaciones antes de la reencarnación. Durante este tiempo el alma del difunto sólo puede alimentarse de las ofrendas que se le hagan durante el Pitru-Paksha. Aquellas almas que no reciben ofrendas experimentan en el reino de los muertos lo mismo que un vivo que sufre de inanición. Los Vedas retoman la obligación moral de la ofrenda como un acto de gratitud a los ancestros; gratitud a sus enseñanzas, herencia y camino recorrido.

El Día de Muertos en México es una mezcla de las tradiciones prehispánicas con el catolicismo. Uno de los efectos de esta mezcla fue el cambio de fecha para coincidir con la celebración de los Fieles Difuntos. Según la doctrina católica y ortodoxa, en este día los vivos rezan para que los muertos puedan salir del purgatorio. El alma del difunto se alimenta de las plegarias de los creyentes.  La ofrenda, a diferencia de las tradiciones no cristianas, varía en forma, pero no en significado: se ofrece el sacrificio de las plegarias y misas para que los muertos queden libres de sus pecados.

Los temas recurrentes que recorren a las tradiciones relacionadas con los muertos son los del olvido, el recuerdo y el impacto de la vida individual en la colectiva. Es un esfuerzo por encontrarle un significado a la muerte y, de paso, a la vida.

Tanto en El Libro de la Vida como en Coco sólo los recordaros podrán huir de la desaparición total. Aquí surgen varias preguntas evidentes. Si la finalidad es el ser recordado ¿deberíamos buscar la fama? ¿La fama es el requisito para la trascendencia? La necesidad de respuestas sobre el porvenir de la persona después de la muerte física ha llevado a la construcción de toda clase de mitos. Sin embargo ¿qué respuesta dar desde una sociedad laica y materialista? Tal vez la sociedad moderna vea en el recuerdo y la fama después de la muerte una alternativa concreta a la idea del paraíso.

La idea de la fama como extensión de la vida después de la muerte es claramente inherente en nuestra cultura. De ahí el culto a la fama y a la visibilidad. ¿Cómo impedir que uno muera después de la muerte si es olvidado? La búsqueda de reconocimiento se vuelve, entonces, una doctrina que llevaría al individuo moderno a la eternidad.

Una de las frases más famosas y compartidas de Marco Aurelio, el filósofo estoico que también fue emperador de Roma, aconseja:

“Vive una buena vida. Si hay dioses y son justos, entonces no les importará cuán devoto has sido, y recompensarán las virtudes de acuerdo a las cuales has vivido. Si los dioses existen, pero son injustos, no querrás rendirles culto. Si no hay dioses, entonces te habrás ido, pero habrás vivido una noble vida que permanecerá en la memoria de aquellos a quienes amas “

Esta frase es frecuentemente citada en argumentos ateos para mostrar que la creencia en dioses es innecesaria para la vida virtuosa. El recuerdo de los seres queridos se convertirá en el paraíso que garantizará la eternidad de los mortales. Sin embargo, esta es una frase apócrifa. Uno no encuentra en las Meditaciones indicio alguno de la idea que tal frase sugiere. Marco Aurelio era un convencido creyente de las deidades romanas. Por el contrario, desconfiaba de la solidez del recuerdo con frases como: “La memoria, tarde o temprano, se sepulta en la eternidad. Tarde o temprano habrás olvidado todas las cosas; tarde o temprano todas las cosas te habrán olvidado a ti.” Para Marco Aurelio la vida virtuosa es deseable por sí misma y “buscar la fama como base de nuestras acciones es algo que debe ser desechado”.

La diferencia que podemos encontrar entre la ofrenda en su sentido auténtico dentro del ritual de Día de Muertos y el sentido presentado en Coco es el significado de la ofrenda. En Coco los muertos son alimentados por la fama. Es por ello que los personajes famosos que aparecen en el reino de los muertos viven con lujos. Sin embargo, la idea original de la ofrenda a los muertos consiste en un sacrificio: se deja ir un bien apreciado (como la comida) esperando conseguir algo mejor. ¿Pero que es lo que se busca con este sacrificio?

Slavoj Zizek retoma una escena de la película Wind River para reflexionar en torno a la proximidad entre los rituales auténticos y los vacíos. En la cinta, un nativo americano pinta su cara de manera presuntamente tradicional en señal de duelo. Al ser cuestionado sobre la autenticidad del ritual, el nativo revela que, debido a que ya no queda nadie que enseñe la forma auténtica de realizar ese ritual, lo que estaba realizando era una total farsa. Sin embargo, el encuentro entre los dos personajes en torno a este falso ritual permite un momento de auténtica cercanía. Para Zizek esto asemeja un recorrido sobre la banda de Moebius donde al recorrer una cara de la figura se llega a la contraria; la banda tiene dos caras, pero sólo en apariencia. De igual manera, la inmersión ingenua en un ritual que reconocemos como vacío conlleva la posibilidad de llevarnos, sin darnos cuenta, a su forma auténtica.

El Día de Muertos es más auténtico entre algunas personas que entre otras. No hay que detallar que el país es diverso, que hay diferentes tradiciones, rituales, visiones. Eso todos lo saben. Pero ¿qué significa para nosotros esta revalorización del día de muertos? En cierto sentido, tanto Coco como El Libro de la Vida muestran los elementos del ritual de día de muertos en su incorporación tanto superficial como auténtica.

El Día de Muertos como farsa está guiado por la idea del recuerdo. En Coco los recordados y los olvidados viven en el mismo mundo, pero con un abismo entre ellos. Entre más ofrendas, más lujos y posesiones. Los olvidados viven en la miseria. Entender la fama como posesión es la manifestación del fetiche cultural hacia la fama. Igualar la fama con la inmortalidad nos orilla a rendirle tributo a la visibilidad. El Día de Muertos, como farsa representada, está orientada justamente a esa visibilidad: al espectáculo, a la imagen y al reconocimiento.

Entonces ¿si recorremos la tradición de Día de Muertos desde su forma superficial, mercantil, espectacular, ¿podremos llegar a su forma auténtica? ¿en qué consiste esta forma auténtica? Pienso que al final del camino del ritual superficial se encuentran tres reconciliaciones. En primer lugar, la reconciliación con México y en especial con su realidad rural. Todos amamos al pueblo de San Ángel, pero ¿amamos a los pueblos reales y buscamos su bienestar? En segundo lugar, la reconciliación intergeneracional. Todos amamos a la abuela Coco, pero ¿amamos a los ancianos de carne y hueso? En tercer lugar, y tal vez más importante, el encuentro con el ritual de día de muertos en su forma auténtica nos lleva a la reconciliación con el pasado.

Miguel y Manolo, protagonistas de Coco y El Libro de la Vida se encuentran en la misma situación: la tradición, manifestada en la forma de la familia, los limita para satisfacer su deseo (un deseo que, además, comparten: dedicarse a la música). Este choque entre el deseo y la tradición es lo que, históricamente, lleva a la ridiculización y negación de la tradición en la modernidad. Es lo que lleva a los individuos, sobre todo a los jóvenes, a desconfiar de la tradición por verla como un instrumento de control.

Coco presenta un giro al recurrido cliché de “seguir el propio destino”, “alcanzar los sueños” y “vivir el momento”. Este es un motivo utilizado en prácticamente todas las películas para niños (si no es que en todas las películas en general): existe un protagonista que está limitado por su entorno social o familiar impidiéndole cumplir sus deseos. La moraleja de todas estas historias es: se valiente, rompe la relación con tu condición social y familiar y “sigue tu destino”. El villano en Coco hace, justamente, eso: rompe la relación con los demás a través del engaño, el robo y el asesinato para “vivir su momento”. ¿Qué tanto la ruptura radical con la historia y el otro nos conduce al mismo delirio asesino?

El viaje tanto de Miguel como de Manolo al inframundo culmina con la misma catarsis: liberar al presente del pasado. Pero su liberación no es a través de la negación sino de la integración, de la comprensión de lo que llevó al surgimiento de esas tradiciones y restricciones en primer lugar.

Y pienso que es aquí donde podemos comenzar a comprender la reintegración del Día de Muertos.

El Día de Muertos no se trata de los muertos, sino de los vivos. El miedo no es del muerto a ser olvidado sino del vivo a no reconciliarse con el pasado. El Día de Muertoscomo ritual auténtico está guiado por la reconciliación. Es la reconciliación con el pasado lo que le permite a Miguel y a Manolo triunfar. Esta reconciliación es una integración de la historia familiar, de la tradición, dentro de la visión del futuro: un acto de gratitud y la subsecuente posibilidad de transformación. Es, justamente, la posibilidad de la integración del pasado en el futuro lo que permite que el Día de Muertos se pueda convertir en un ritual auténtico.

A fin de cuentas, eso es el Día de Muertos: un pretexto para reconciliarnos con la vida.