Hanzi Freinacht

(traducido por Ram Gallegos)

Artículo original: https://metamoderna.org/should-we-really-make-people-happy

El siguiente es un pasaje adaptado del libro“La sociedad que escucha: una guía metamoderna a la política”Es el primer libro en una serie acerca del pensamiento metamoderno, un trabajo de filosofía popular que investiga la naturaleza del desarrollo psicológico y sus implicaciones políticas. Lo que leerás a continuación proviene de un capitulo que “resume” el metamodernismo y que investiga cómo se podría llegar a un bienestar social más profundo, más allá del bienestar material y la mera seguridad médica.

¿En verdad deberíamos hacer felices a las personas? ¿Es una meta viable para la sociedad? Para algunos, estas podrían parecer preguntas innecesarias: “¡por supuesto que deberíamos hacer felices a las personas!”. Pero a muchos les molesta la idea de la felicidad como un objetivo social y argumentan que existen objetivos más altos y más nobles que la mera felicidad. Parece que esto surge de la dificultad de diferenciar apropiadamente entre la felicidad hedónica (placer, gozo, alegría) y la felicidad eudemónica (significado, propósito de vida, paz). Pero la verdad es que no se debería preferir una sobre la otra y ambas pueden contribuir con el desarrollo a largo plazo de cada persona, así como de la sociedad en general.

Apoyar la felicidad significa aliviar el sufrimiento, lo cual también significa mejorar la calidad de las relaciones humanas. Las emociones negativas como la tristeza y la frustración son, en cantidades manejables, una parte integral de una vida feliz y productiva. Pero para ello hay que comprenderlas y superarlas efectivamente. Esto requiere de felicidad, o salud mental, o por lo menos algo de maldita* paz mental. La felicidad, entonces, no es lo opuesto de la tristeza, sino lo opuesto de la sofocante miseria y degradación.

Buscar desarrollar y mejorar el ambiente psicosocial en el que vivimos no significa (y repito, NO SIGNIFICA, vuelve a leer la frase, porque he visto que mucha gente no la comprende) que se deba proteger a las personas de todos los retos, dificultades o dolores en nombre de una “felicidad” superficial e inmediata. No vamos a inducir a que alguien lance carcajadas estridentes, histéricas y vacías en el funeral de su madre o a que abandone sus responsabilidades familiares para “encontrar la felicidad”.

Simplemente significa que se puede y se debe ofrecer un mejor apoyo a la gente para que, así, estemos en una mejor condición de abordar los desafíos de la vida y para aprovechar al máximo lo que la vida ofrece. Significa aumentar el sentimiento de independencia y autonomía de las personas, no lo contrario. Altos niveles de desafío así como altos niveles de apoyo producen los mejores resultados de aprendizaje, y los mejores resultados de aprendizaje producen los resultados más sustentables y positivos (esto es algo básico de la psicología educativa).

¿No es acaso la felicidad una responsabilidad personal? ¿merecen las personas ser felices?

Un reflejo libertario es ser recelosos de los intentos de crear felicidad a partir de medidas políticas (“ese no es el rol del Estado”). Aunque este reflejo es comprensible, pierde por completo el punto central. No es que el Estado o el mercado (o las familias o la sociedad civil o los individuos) produzcan la felicidad y que, entonces “si el Estado lo hace” los individuos no puedan hacerlo. Eso es tonto, una manera burda y francamente limitada de estudiar el tema. Todas estas categorías trabajan en conjunto dentro de una gran red. Podemos trabajar para que estas diferentes partes de la sociedad trabajen adecuadamente en conjunto para producir vidas humanas felices. O podemos no hacerlo. Dado que ya contamos actualmente con una esfera pública y un mercado, podemos tanto orientarlas para que tiendan hacia la producción de una felicidad sustentable, o desarrollarlas de manera que se vuelvan opresivas y produzcan miseria. Pero no podemos evitar esta elección.

Pero, de nuevo ¿en verdad queremos una sociedad feliz, para empezar? ¿No son los desafíos y las dificultades lo que le da a la vida su sentido y dirección? Es más ¿merecemos ser felices?

Comencemos con la última pregunta. Si crecí abandonado por mi padre, dentro de una escuela donde una chica se auto lesionaba, alguien más nunca hablaba con nadie, la mayoría de las personas eran inseguras y nunca supieron cómo funcionaba el amor ni las relaciones, y alguien más consumía drogas duras o tomaba alcohol y nunca consiguió un trabajo, y algunas de las personas con las que fui a la universidad tenían depresión y ansiedad severas, ¿no se justifica que quiera infligir un dolor correspondiente a los demás para que aprendan lo dura que es la vida en realidad?

No. El nivel actual de sufrimiento en las sociedades modernas no es éticamente justificable. Es moralmente reprobable reproducir acriticamente una sociedad que reporta el nivel de miseria y tragedias permanentes que prevalecen en los países modernos, incluso en los países comparativamente felices como Canadá o Dinamarca. Esto no significa que las sociedades premodernas sean mejores, pero hoy tenemos más opciones disponibles, lo cual nos otorga una mayor responsabilidad moral.

Otra versión del argumento que asegura que no merecemos la felicidad tiene que ver con las miles de millones de personas que viven en el extremo inferior de la pobreza. De alguna manera parece arrogante e incluso insensible querer mejorar dramáticamente las vidas de las personas en las economías ricas y relativamente felices cuando hay, obviamente, tanta desigualdad material en el mundo. ¿Acaso no es poco ético, o por lo menos de mal gusto, querer construir una sociedad más amable, atenta e incluyente en las economías desarrolladas cuando deberíamos, en cambio, estar centrados en la redistribución de la riqueza y en el sufrimiento severo? Hay tres respuestas para esto.

La primer respuesta es que podemos y debemos hacer ambas, de tal manera que los pobres se vuelvan más ricos, pero que también, una vez que lo logran, sus vidas sean realmente felices (lo cual era el objetivo original). La segunda respuesta es que las sociedades ricas continúan con su desarrollo e instituciones de cualquier manera, así es que deberíamos aprovechar para asegurarnos de que lo hagan de una manera eficiente e inteligente. El tercer, y más fuerte, argumento es que el sistema-mundo es una totalidad en evolución: cada parte afecta a las demás partes. Así es que una de las mejores cosas que podemos hacer por el bien del mundo es asegurarnos de que las personas más ricas y privilegiadas cuenten con la seguridad psicológica suficiente para que puedan, a su vez, dedicar tiempo, atención, energía y recursos como seres genuinamente involucrados, lo cual sería inmensamente benéfico para la totalidad del mundo.

Las personas más felices crean sociedades más funcionales, y las sociedades más funcionales son más eficientes a la hora de combatir la desigualdad tanto local como global. Estamos tratando de llevar el sistema global en su totalidad hacia un equilibrio más justo y sostenible. Esto requiere que algunas partes del mundo estén culturalmente más desarrolladas que otras. Simplemente es difícil contemplar cómo se podría negar esta parte de la ecuación.

La vida está demasiado cargada de sufrimiento y potencial perdido, y esto está impidiendo que nuestra población se desarrolle psicológicamente y que se conviertan en ciudadans mundiales maduros y genuinos. Las personas tienen miedo y están heridas a un nivel psicológico sutil, incapaces de concebir perspectivas más amplias ni de actuar sobre los riesgos reales a largo plazo que están amenazando a nuestra civilización global. Debemos, a toda costa, hacer que la población mundial sea mucho más feliz en el sentido profundo de la palabra.

Obviamente, no queremos obsecionarnos con el consumismo y el “desarrollo personal” comercializado (algo con lo que tanto yoguis como investigadores de la felicidad concuerdan), pero podemos y debemos desear que los demás seres humanos tengan vidas genuinamente felices y productivas. Si lo piensas, se vuelve obvio que la posición opuesta es insostenible desde una postura ética. Trata de decir lo siguiente en voz alta:

“Voy a inflingir sobre ti el más profundo sufrimiento y la mayor degradación. Me voy a abstener de prevenir la infernal mutilación de tu psicofisiologia y emociones porque tal vez eso sea bueno para ti “

… o, peor aún, porque “puede ser útil para la sociedad”

Pero ¿no es el sufrimiento necesario?

Cuando hablo de esta visión de un bienestar más profundo, es común que las personas argumenten “oh, pero si haces que las personas sean genuinamente felices, la sociedad dejará de funcionar porque necesitamos que las personas sean consumidores ansiosos (¡para que sigan gastando!) y actúen a partir del miedo a perder sus trabajos (¡para que sigan trabajando!) para que las cosas funcionen adecuadamente”. Algunas veces, las personas llegan incluso a decir que necesitamos del sufrimiento para producir buenos libros y guiones.

Por supuesto, esta linea de pensamiento se encuentra en las antipodas de la etica desarrollada por Immanuel Kant: tratar a cada ser humano como fin y no como medio hacia algo más. También rompe con la antigua Regla de Oro: tratar a los demás como nos gustaría que nos trataran.

Además, si miras los hechos, este argumento está totalmente equivocado. Las sociedades nórcias tienen poblaciones relativamente felices a comparación con otras poblaciones, y parece que esto funciona en conjunto con una sociedad altamente funcional y ordenada (incluso, produciendo también bastante poesía y novelas policiacas). Frecuentemente es la miseria y el dolor psicológico lo que previene el desarrollo social, político y económico productivo y significativo.

La felicidad de los seres humanos (de nuevo, en un sentido profundo y psicológico del mundo) sirve al bien común. El sufrimiento profundo puede tener efectos positivos (existe una creciente y prometedora literatura sobre “crecimiento post traumático”), pero la mayoría del tiempo causa traumas permanentes con altos costos para la sociedad en términos de trabajo social, criminalidad, inestabilidad, insalubridad, y la lista sigue. Nuestra sociedad produce una gran cantidad de trauma todos los días, a toda hora. Y la mutilación psicológica produce almas sofocadas que nunca llegan a florecer ni a compartir sus particulares dones y sueños con el mundo.

De cualquier manera, hacer que la vida sea más dolorosa es lo último por las que te tienes que preocupar. Incluso en las regiones más funcionales, educadas, equitativas y sanas del mundo existsten bastantes infelices miserables y traumatizados. Preguntale a cualquier terapeuta, trabajadora social o doctora que conozca lo que ocurre tras bambalinas. Y es probable que, con todos los rápidos cambios y crisis que están por venir, alguien salga herido.

El que la vida sea demasiado fácil y duela poco es un problema bastante raro. No te preocupes. La vida va a doler, es cierto, incluso si mejoramos dramáticamente su calidad.

Por supuesto que la sobreprotección ante las molestias de la vida puede ser dañina ya que puede fomentar la pereza y la inhabilidad de lidear con los problemas. En psicología y psiquiatría existe el concepto de “desesperanza aprendida”, que puede ser ocasionada tanto por situaciones aparentemente perdidas, por exaustación, o por sobreprotección. Sin embargo, ser severamente lastimados y degradados a través de la vida, muchas veces desde una edad temprana (lo cual le sucede a la mayoría, sino es que a todas, las personas), simplemente no es algo productivo.

Lo que queremos no es tener un ejército de tontos malcriados incapaces de ser responsabiles ni de soportar el dolor. No estamos buscando un rechazo al sufrimiento de la vida (lo cual sólo trae más miseria), sino una aceptación profunda de la vida tal cual es. Psicológicamente hablando, queremos una aceptación radical del dolor para poder relacionarnos de manera mucho más productiva con las personas y los animales y crear vidas más felices (y menos miserables). Pero para aceptar veerdaderamente el dolor de la vida y lidiar con ella, requerimos de mucho confort, apoyo, seguridad, sentido y felicidad. Esto es algo quienes investigan el “crecimiento post traumático” (aquellos que investigan cómo las personas transforman sus crisis personales en enseñanzas positivas y transformadoras) también señalan.

La cuestión es que la “vida normal” lastima enormemente a muchas personas, pero lo hace a un nivel sutil y no-obvio. Esta trituración de la niñez viva y sintiente se está llevando a cabo actualmente a una escala industrial global masiva a través de muchos mecanismo psico sociales crueles prevalentes en lo que llamamos la vida diaria. Tal vez no podemos parar este sufrimiento, pero por lo menos deberíamos esforzarnos para reducirlo y mitigarlo.

Lo que estamos buscando es parar la mutilación y tortura masiva de los seres humanos, quienes a su vez colaboran con la esclavización y sufrimiento de los animales no-humanos.

Pero, de nuevo, la felicidad de nuestros hijos y prójimos no necesita, y no debería necesitar, más justificación. Podemos  y debemos crear una sociedad más feliz simplemente porque nos interesa. Desafortunadamente, he visto que esto no es obvio para muchos psicólogos, teólogos, filósofos, economistas y similares. Infelices.

No desprecies la felicidad

Es tan popular despreciar la felicidad como es tonto. Es popular tratar de parecer “sabio” porque uno “entiende” que la felicidad no es tan importante después de todo. Y voilá: puedes compararte con Kierkegaard, Heidegger o Viktor Frankl, diciendo que el significado es más importante. Por supuesto que para un individuo lidiando con la vejez, la enfermedad o los campos de concentración (como el caso de Frankl), esto puede tener sentido, y es probable que por eso la mayoría de las personas comienzan a decir cosas similares después de los cincuenta. Pero si lo analizamos a nivel social, el desprecio a la felicidad está profundamente errado.

¿Crees que la felicidad no es importante? Mira a una persona clínicamente deprimida a los ojos, a una persona verdaderamente deprimida y no con esa falsa pseudo depresión que proyectan varios creativos culturales (como el autor noruego Karl-Ove Knausgard); una persona que verdaderamente no pueda levantarse por la mañana y es abandonada por su propia familia debido a ello. Vela a los ojos y dile que la felicidad no es importante. Mira a la niña infeliz e insegura que, al buscar desesperadamente encontrar confortort en un extraño que conoció en internet, acaba de ser violada por alguien que también es miserable. Mirala a los ojos y dile que la felicidad no es importante. O qué tal los lechones a quienes les acaban de cortar los testículos sin anestesia. Miralos a los ojos y diles que la felicidad no es importante, que deberían tratar de encontrar sentido en lo que acaban de vivir. ¿Ya no eres tan rudo, verdad? parece que eché a perder esa postura tan solemne y sabia que tenías hace un momento.

La felicidad y la miseria, la dicha y el sufrimiento, están, en gran medida, relacionados. Si te interesa prevenir y aliviar el sufrimiento de los demás, también te interesa apoyar su felicidad.

Para decir algo en favor de los críticos de la felicidad, no es usual que no se interesen de los demás, o que sufran de un pesimismo intelectual debido a un síndrome de Estocolmo (que comiencen a desestimar la felicidad porque ellos mismos son infelices, como si tu mente hubiera sido “tomada como rehén”). Su error principal está en no poder diferenciar analiticamente entre la “felicidad” histérica e inesable, por un lado, y la felicidad auténtica y sostenible por el otro. La felicidad auténtica incluye el hedonismo (el placer, la alegría) y la eudemonia (el significado, la satisfacción) así como la aceptación productiva y responsable del dolor y del sufrimiento.

A estos críticos también les cuenta entender cómo las personas felices son más productivas en un sentido profundo y complejo. Los críticos equiparan toda la discusión de la felicidad humana con los libros baratos de auto ayuda y con el individualismo salvaje; con una larga fiesta en el caluroso verano de Ibiza. Piensan que buscar la felicidad implica lo que en mi libro “La sociedad que escucha” llamo “la negación de la tragedia”. Algunas veces también confunden el compromiso sincero con la felicidad de los demás con el culto a las personas felices/exitosas y un correspondiente desdén hacia las personas infelices/fracasadas. Por supuesto que no estamos hablando de eso. Trabajar por la felicidad de nuestros prójimos es perfectamente compatible con atribuirle igual valor ético a los afortunados y afligidos por igual.

Por otro lado, algunos de los críticos mejor informados señalan que la felicidad es más bien una meta social vaga ya que las personas no parecen ponerse de acuerdo sobre lo que los hace felices. Pero este argumento no se sostiene. En primer lugar, es perfectamente posible describir con algo de consistencia cómo se siente la felicidad, algunas de sus consecuencias psicofisiológicas y similares. La felicidad constituye una serie de fenómenos describibles y discernibles, independientemente de lo que la genera. Y sí: podemos saber mucho acerca de lo que causa la felicidad, pero sin preguntarle ingenuamente a las personas (¡qué método tan estúpido!), sino a través de la psicología experimental, la etología (el estudio del comportamiento animal), la psicofisiología y similares. En segundo lugar, y más importante aún, está el hecho de que las personas son en cambio mas consistentes con sus ideas acerca de lo que les produce infelicidad (la degradación social, dañar el cuerpo, etc.), lo que a su vez resalta el hecho de que podemos prevenir la miseria para generar felicidad y vice versa.

Las personas encunetran muchas razones para estar en contra de la felicidad. Tal crítica a la felicidad es entendible, pero a fin de cuentas está errada y no tiene fundamentos. Te situa en posturas insostenibles.

El hecho de que la felicidad no lo sea todo, que no sea la única meta social y personal digna, no significa que no tenga importancia y que no valga nada. Por supuesto, si siempre quieres que todo se trate solamente sobre la felicidad, caerás en problemas filosóficos, y las personas podrán comenzar a hacerte esas trilladas preguntas que tanto les gusta preguntar a los utilitaristas principiantes, a las personas que quieren maximizar la felicidad en el mundo (“qué tal si tuvieras una pastilla de la felicidad…”). Sin embargo (y esta es la respuesta a tal crítica), si tratas de actuar en la sociedad sin ningún interés en la felicidad y el sufrimiento de los demás, tendrás problemas peores. Ese es el punto. 

Lo diré de nuevo: el hecho de que la felicidad no lo sea todo no quiere decir que no sea nada. La felicidad aún es sumamente importante si quieres comprender los problemas de la sociedad. Un numero creciente de investigaciones de los terrenos de la “psicología positiva” y otras áreas, incluyendo algunas ramas de la medicina y la epigenética, demuestran que la felicidad es buena para ti. Un descubrimiento, de cierta manera, banal al cual no haré referencia aquí. Pero, si: deberíamos hacer felices a las personas y es simplemente perverso sugerir lo contrario.

No te preocupes, el desarrollo espiritual y existencial verdaderamente van más allá de las emociones de felicidad. Y sí: son grandiosas y significativas; y no, la felicidad no es lo único que traiga sentido a la vida y al universo. Simplemente necesitamos bajar a algunas personas de sus pedestales espirituales y existenciales para poder continuar con el debate sin detenernos debido a algunos intentos pretenciosos y desgastantes de parecer profundos.

Y ya que estamos en ello, deberíamos deshacernos del pedestal. Los pedestales no están hechos para que la gente viva ahí, sino para soportar monumentos y toda clase de ídolos.**

El tejido del dolor y la dicha

Regresemos al argumento principal. Las personas están sufriendo terriblemente. Esto es importante. Deberíamos hacer algo para hacerlos más felices, de ser posible.

Así es que ¿en donde estamos? Clarifiquemos el diagnóstico de la sociedad monderna tardía. La característica central de nuestro problema es que existe un tejido complejo y compartido de dolor y dicha psicológica que determina nuestras vidas comunes y nuestro futuro. Nuestras heridas y desarrollos limitados no se quedan con nosotros; se transmiten a otras personas, frecuentemente de maneras inesperadas e indirectas (como el caso del terrorista asesino en masa que describí en mi publicación acerca de la perspectiva transpersonal). El sufrimiento y atrofiado desarrollo de las personas no es un problema individual, sino un problema de suma importancia para la sociedad en general. Son problemas profundamente políticos, ecológicos y económicos. El limitado desarrollo causado por el sufrimiento emocional afecta tanto la calidad de vida de las personas como otras inquietudes sociales como la seguridad, la salud pública y la estabilidad de nuestras instituciones.

Se ha demostrado a través de grandes e importantes investigaciones que la felicidad tiende a transmitirse a través de redes: un amigo feliz dentro de un rango de un kilómetro tiende a hacerte feliz. Un vecino feliz te hace más feliz. Los hermanos y esposos también.

Pero la felicidad y el dolor son “sociales” de una manera más tangible e intima. El dolor, la vergüenza y el miedo nos vuelve agresivos, nos vuelve jefes controladores, amigos envidiosos, malos padres, votantes cínicos, consumidores acríticos y vecinos malagradecidos. Reorientamos la culpa, como lo hacen las personas inmaduras, y pensamos que los males del mundo se deben a las personas que no son como nosotros. Nos volvemos malos ciudadanos, incapaces de involucrarnos en diálogos significativos, incapaces de amar universalmente y de perdonar. Nos llenamos de prejuicios, nuestra visión se acorta. Nos volvemos santurrones enfurecidos con los “degenerados morales” e “hipócritas”. Y se nos dificulta mostrar el respeto y cortesía básicos a aquellos con los que estamos en desacuerdo, sobre todo en la política. Fallamos a la hora de tomar responsabilidades, en actuar productivamente en beneficio de nosotros y de los demás. Y en nuestro intento de tener una mejor vida, frecuentemente nos vemos severamente limitados o frustrados por el comportamiento inmaduro y socialmente inepto de nosotros mismos y de los demás. 

Existe un gran tejido de relaciones, comportamientos y emociones, que resuena con la dicha y el sufrimiento humano y animal. Una red de relaciones intimas y formales, tanto directas como indirectas. Terribles torbellinos de retroalimentación soplan a través de esta gran red multidimensional, pulsando con dolor y degradación. Mi falta de desarrollo humano bloquea tu desarrollo humano posible. Mi falta de entendimiento sobre ti, tus necesidades y perspectivas, te hieren de millones de maneras sutiles.Me vuelvo un mal amante, un mal colega, un mal ciudadano y ser humano. Estamos interconectados: no puedes huir de mi sufrimiento ni de mis heridas. Te perseguirán toda la vida. Me convertiré en el novio abusivo de tu hija, en tu beligerante vecino infernal. Y nunca podrás escapar porque siempre habrá jefes agresivos, familiares difíciles y amigos envidiosos. Y te dirás a ti mismo que así es como debería ser la vida.

Pero no es así como debería ser la vida. Una vez que eres capaz de ver el tejido socio-psicológico de la vida diaria, se vuelve cada vez más claro que es relativamente fácil cambiar y desarrollar este tejido. La política metamoderma busca hacer que las personas estén seguras al nivel psicológico más profundo para que podamos vivir auténticamente. Un efecto colateral de esto es una sensación de sentido de vida y felicidad permanente. Un efecto de esto es una mayor amabilidad y una mayor capacidad de cooperar con los demás. Un efecto colateral de esto es una libertad más profunda y mejores resultados concretos en las vidas de todos.

Un efecto colateral de esto es una sociedad menos propensa a colapsar en un vertedero de atrocidades.

Por supuesto, debemos reconocer que este tejido trabaja de maneras complejas y muchas veces contradictorias: una forma de felicidad puede generar otra forma de miseria (y vice versa). La felicidad de una persona puede ser la ruina de otra. Pero existen regularidades en estos patrones y podemos hacer que estos patrones trabajen por la felicidad colectiva y sustentable. Podemos hacer que trabajen en favor del amor.

Necesitamos desesperadamente un tipo de bienestar más profundo, más allá de los confines del bienestar material y la seguridad médica. Necesitamos una sociedad que escucha, donde cada persona sea vista y escuchada (en lugar de ser invisibilizadas y vigiladas). ¿Cómo podemos lograr esto?

En mi siguiente publicación voy a tratar de contestar a esta difícil pregunta. La visión de una sociedad que escucha, que explicaré brevemente de aquí en adelante, y de la cual puedes leer más en mi libro con el mismo titulo y en su secuela titulada Ideología Nórdica, es una elaborada propuesta de cómo podemos profundizar nuestro bienestar y aumentar los niveles de felicidad y desarrollo personal en la sociedad. En la siguiente publicación podrás leer por qué esta visión es necesaria y posible, y por qué necesitamos aceptar los riesgos relacionados con su construcción.

Hanzi Freinacht es un filósofo, politólogo, historiador y sociólogo, autor de“La sociedad que escucha”, y de los próximos libros “Ideología Nórdica” y “Los 6 Patrones Escondidos de la Historia Mundial”. La gran parte de su tiempo lo pasa sólo en los Alpes Suizos. Puedes seguir a Hanzi en su perfil de Facebook.

*Hanzi escribe en este tono algunas veces con fines humorísticos. n.t.

** Hanzi utiliza el término “high horses” para hacer referencia a la idea de estar a un pedestal. Así que en este párrafo original continua con el juego de palabras de la siguiente manera: Y, entonces, deberíamos liberar al caballo, ya que estamos en ello. Sus lomos no fueron creados para llevar a otros animales ¿sabes?. Los caballos fueron hechos para galopar en las amplias llanuras bajo los cielos abiertos.n.t.